Shikata ga nai

6:48

 (仕方がない)


Kiera supo el momento exacto en que dejó de ser un juego. O al menos para ella.

El cambio no fue ruidoso; no hubo alarmas ni grandes revelaciones. Fue el silencio. Un silencio denso, pesado, que se instaló entre los dos como una tercera presencia en medio de la carretera abandonada.

La brisa fría le recorrió la piel con la lentitud de una advertencia. Él seguía allí, sentado sobre la moto, jugueteando con su pierna con una distracción calculada, como si no tuviera idea del incendio que estaba provocando. No había luces alrededor. Solo oscuridad, respiraciones contenidas y esa tensión insoportable que se expandía cada vez que sus miradas chocaban.

Podría haber sido un momento romántico. Pero no. Era peor: se sentía real. Y la realidad, para alguien que prefería los perímetros seguros, siempre era una amenaza. 

“Diablos..”

La palabra golpeaba las paredes de su cráneo mientras intentaba recuperar la lucidez. Demasiado tarde. Kiera estaba tan acostumbrada a estar sola, que ya nadie le llamaba lo suficientemente la atención para querer dejar de estarlo...hasta él.

Cuando lo conoció noto que tenía algo distinto. Le pareció divertido y ridículamente atractivo. Pero no era solo eso. Había algo en él que la descolocaba. Algo en su mirada. En la calma peligrosa con la que la observaba, como si pudiera verla incluso cuando ella hacía todo lo posible por esconderse.

El silencio se volvió asfixiante. Él la observaba sin moverse, esperando que fuera ella quien cruzara la línea. Quizá él solo estaba jugando. Ya habían existido besos antes —apasionados, intensos, hambrientos—, pero esta vez era diferente. Kiera no quería ser quien diera el primer paso, o al menos ese momento. No existían reglas entre ellos. Nunca habían hablado de lo que eran, ni de lo que podían permitirse sentir. Pero esta vez, había algo diferente.

Kiera odiaba sentirse observada y vulnerable. Pero ese juego inocente, ese deseo palpable que nunca verbalizaban, la estaba consumiendo. 

Quería entenderlo. Quería romperse contra él.

Entonces, él la jaló y la abrazó. Y el último rastro de resistencia se quebró.

“A la mierda”.

Lo pensó justo antes de acortar la distancia. Fue un beso corto, suave, casi un susurro sobre sus labios. Pero fue suficiente. Él respondió de inmediato, atrayéndola hacia sí con una urgencia que le confirmó el verdadero problema: lo había deseado mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Sus labios eran cálidos, adictivos. Por primera vez en años, Kiera dejó de procesar datos. Ella, que era pura lógica y racionalidad, que convertía emociones en estadísticas y riesgos calculados, se encontró desarmada.

Él lo desordenaba todo. Y ella decidió que, por una vez, el caos valía la pena.

Lo besó porque su cuerpo lo había reclamado mucho antes de que su mente se atreviera a procesarlo.

La verdad era simple, casi matemática:

"Eres el imán de mis manos y el norte de mi piel;

mi cuerpo te busca como la marea busca, desesperada, la orilla".

“El arte y el amor son lo mismo: es el proceso de verse en cosas que no son ustedes.”

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