(仕方がない)
Kiera supo el momento exacto en que dejó de ser un juego. O al menos para ella.
El cambio no fue ruidoso; no hubo alarmas ni grandes revelaciones. Fue el silencio. Un silencio denso, pesado, que se instaló entre los dos como una tercera presencia en medio de la carretera abandonada.
La
brisa fría le recorrió la piel con la lentitud de una advertencia. Él
seguía allí, sentado sobre la moto, jugueteando con su pierna con una
distracción calculada, como si no tuviera idea del incendio que estaba
provocando. No había luces alrededor. Solo oscuridad, respiraciones
contenidas y esa tensión insoportable que se expandía cada vez que sus
miradas chocaban.
Podría haber sido un momento romántico. Pero no. Era peor: se sentía real. Y la realidad, para alguien que prefería los perímetros seguros, siempre era una amenaza.
“Diablos..”
La
palabra golpeaba las paredes de su cráneo mientras intentaba recuperar
la lucidez. Demasiado tarde. Kiera
estaba tan acostumbrada a estar sola, que ya nadie le llamaba lo
suficientemente la atención para querer dejar de estarlo...hasta él.
Cuando
lo conoció noto que tenía algo distinto. Le pareció divertido y
ridículamente atractivo. Pero no era solo eso. Había algo en él que la
descolocaba. Algo en su mirada. En la calma peligrosa con la que la
observaba, como si pudiera verla incluso cuando ella hacía todo lo
posible por esconderse.
El
silencio se volvió asfixiante. Él la observaba sin moverse, esperando
que fuera ella quien cruzara la línea. Quizá él solo estaba jugando. Ya
habían existido besos antes —apasionados, intensos, hambrientos—, pero
esta vez era diferente. Kiera
no quería ser quien diera el primer paso, o al menos ese momento. No
existían reglas entre ellos. Nunca habían hablado de lo que eran, ni de
lo que podían permitirse sentir. Pero esta vez, había algo diferente.
Kiera odiaba sentirse observada y vulnerable. Pero ese juego inocente, ese deseo palpable que nunca verbalizaban, la estaba consumiendo.
Quería entenderlo. Quería romperse contra él.
Entonces, él la jaló y la abrazó. Y el último rastro de resistencia se quebró.
“A la mierda”.
Lo
pensó justo antes de acortar la distancia. Fue un beso corto, suave,
casi un susurro sobre sus labios. Pero fue suficiente. Él respondió de
inmediato, atrayéndola hacia sí con una urgencia que le confirmó el
verdadero problema: lo había deseado mucho más de lo que estaba
dispuesta a admitir.
Sus labios eran cálidos, adictivos. Por primera vez en años, Kiera dejó de procesar datos. Ella, que era pura lógica y racionalidad, que convertía emociones en estadísticas y riesgos calculados, se encontró desarmada.
Él lo desordenaba todo. Y ella decidió que, por una vez, el caos valía la pena.
Lo besó porque su cuerpo lo había reclamado mucho antes de que su mente se atreviera a procesarlo.
La verdad era simple, casi matemática:
"Eres el imán de mis manos y el norte de mi piel;
mi cuerpo te busca como la marea busca, desesperada, la orilla".







