EL ASESINO SIEMPRE VUELVE AL LUGAR DEL CRIMEN
21:03
El gris
del cielo hacía incluso más difícil aquel momento.
Verano.
El verano siempre era más caluroso en ese lado de la ciudad. Esta vez ella no
sabía a qué retribuirlo, al brillante sol que acaba de ocultarse hace apenas
unas horas o a las terminaciones nerviosas que recorrían cada parte de su
cuerpo.
Estaba en
un bar, pequeño y sucio, intentado pasar desapercibida. No lo hacía. Pero, ¿qué otra opción tenía? Quería llamar su atención. ¿De
qué otra forma iba a lograrlo? Él siempre dijo que lugares así no eran para
ella, que no pertenecía, que demasiada belleza no podía estar en un lugar tan
feo, sucio y acabado, como lo era su bar favorito.
Ahora se
encontraba allí. Tenía una cerveza en la mano y un
cigarrillo en la otra. Vestía un vestido negro un poco más abajo de los muslos,
casi rosando las rodillas, y unas botas altas, aquellas que él le había regalo
en su cumpleaños. También se había aplicado una capa de brillo en sus labios,
haciéndolos ver mucho más gruesos y carnosos que antes. Para él. Lucia
como antes, como ella, como la vez que él la había mirado por primera vez.
Aquella vez que...
Sabía que su plan no fallaría. Que él entraría: La
vería, iría tras ella y le reclamaría. Ella se sorprendería
de que él estuviera ahí y entre tonteo y tonteo le pediría que la acompañara a
casa. No había fallos. Podía imaginarlo a un lado de su cama, con los ojos
entrecerrados llamándola para que se acostara junto a él, como antes.
Instintivamente su piel se erizo, como si algo fuera a suceder. Ya no
sentía la confianza y la seguridad con la que había entrado pavordeándose por
el bar.
Tomó un sobro de cerveza seguido de una calada de su cigarrillo,
preparándose para lo que venía.
—¿Qué haces aquí? —Su respiración sonó
pausada. Su voz grave. Quizá debido a todas las cajas de cigarrillos diarios
que fumaba, pensó.
Un nudo se atoró en su garganta, quería voltearse, plantarle cara al
disparo. Después de todo esas eran sus intenciones, y ahora, sus piernas
flaqueaban.
Él caminó y se posiciono a su lado, logrando verla de perfil. Ella,
ausente, seguía mirando hacia adelante cabiz baja. Podía sentir la mirada
expectante de él, incitándola a mirarlo.
Luego de unos largos minutos —para ella—, lo hizo. Le
sorprendió verlo, y no puedo fingir su expresión de sorpresa. Se veía tan
diferente, tan lejano a los recuerdos que ella tenía de él.
Vestía una camisa manga larga junto a un pantalón de vestir ajustado en
las partes correctas. El cabello, corto y peinado pulcramente, y la barba,
aquella que se había cansado de acariciar y juguetear tantas veces, estaba
corta.
Él Calleb del que ella se había enamorado tenía el cabello largo y
despeinado y vestía deportivo, jeans de lana, camisas anchas y zapatos Nike.
Ahora, lucia elegante y soberbio, tan diferente. No era la sombra del fantasma que esperaba ver.
Dio un largo trago antes de contestar —Te ves diferente.
Su mirada se ensombreció ante tal comentario, quizá trayéndole
recuerdos. Recuerdos que aunque ella no lo sabía él no quería.
—Tú no has cambiado —fue lo único que se
atrevió a decir observándola de arriba a abajo.
Asintió. —No ha pasado tanto tiempo.
Un año y tres meses no era tanto tiempo, no se podía cambiar tanto en
ese límite de tiempo, muchas cosas no podían cambiar en tan poco tiempo, se
dijo.
—Y sin embargo han pasado muchas cosas, ¿no?
Ella quería contestar: "Desde
que tú no estás los días solo pasan" pero en cambio sólo
contesto: —Supongo que sí.
Él se giró nerviosamente a la puerta de entrada al bar. Y luego su mano
derecha fue inconscientemente a su barba, ese gesto que hacía cuando estaba
nervioso, ansioso. Y ahí lo noto. Llevaba un anillo dorado en su dedo anular.
¿Cómo no se había dado cuenta de eso antes?
—Te has casado... —dijo,
en un murmullo.
Calleb sólo asintió. Si todavía sentía algo por
Laureen era, por más mínimo que fuera, indescifrable.
No supo que otra cosa decir, ella había soñado con
ese momento durante tanto tiempo mientras que para él era algo
totalmente innecesario. Sólo que ahora él se había casado... con otra
persona.
—Lo hiciste —dijo, haciendo presión del nudo que empezaba a
formarse en su garganta.
Él sólo se limitó a asentir, mientras miraba expectante
hacia la puerta.
—Conocerás a alguien con quien querrás casarte —dijo distraídamente.
Como si nunca hubieran estado juntos, como si nunca hubieran estado bajo las
mismas sabanas, como si nunca hubieran hecho planes.
Ella sólo asintió, aun cuando lo que quería decir era: —Ya
lo conocí.
Y justo en ese momento, apareció.
Llevaba una falda de tuvo negra junto a una chaqueta de
puntos y tacones del mismo color. Su cabello era largo y rojizo y su estatura…era
alta, aún sin tacones, no pequeña ni delgada como ella. Instintivamente se miró sus manos. Sus uñas cortas y
pintadas unicolormente. Mientras que las de ellas eran largas y pintadas en
detalles.
—Aquí estas. Lamento la demora, llegó un cliente a último
momento —le dijo a su esposo sin siquiera reparar en la presencia de ella.
Sólo eso basto para que Lauren terminara de tomarse la
cerveza de un trago.
—Kennia, ella es Laureen, una viaje amiga —le presentó.
Kennia la observo de arriba abajo y reparó en el cigarrillo
que Laureen tenía en su mano.
—Mucho gusto —dijo, sin siquiera tender la mano. A Laureen
no le importo, ella tampoco había hecho ademán de hacerlo. No le interesaba
conocerla.
—¿Nos vamos? —apremió Kennia, haciendo señas hacia la puerta.
Calleb asintió.
—Un gusto verte Lau, cuídate.
Algo en ella se quebró. Él todavia tenía algo de ella, su diminutivo. Ese diminutivo que había estado lleno de cariño, amor y
amabilidad pero que ahora sonaba vacío y común en sus labios.
Él salió del bar, tomado de la mano de Kennia, y Laureen
no pudo evitar que lagrimas cayeran por sus mejillas al recordar que antes eran las suyas.
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