P O S E I D O N
13:05
—Está mal —exclamó mientras un gemido escapó de sus labios.
Caín se irguió. Sus labios estaban a sólo centímetros de su
entrepierna.
—¿Quieres que pare? —preguntó.
Olivia podía decir que sí. Sabía que si decía esa palabra él pararía. Pero
también sabía que se vestiría y se iría. En vez de eso trazo suaves
círculos en su espalda.
Había dejado de pensar desde el momento en que él, con sus manos suaves y
ágiles le habían tocado. Pero eso él ya lo sabía. Conocía cada parte de ella,
incluso, más que él mismo.
—Está... mal —repitió. Esta vez su voz sonó suave, débil.
Eso era lo que él necesitaba. Un atisbo de duda. Le deposito un suave beso
en su omóplato y la tomo de las caderas, empujándola a él.
No necesitó nada más. Había roto sus barreras. Otra vez.
—Te gusta —masculló Caín, atrayéndola más hacia él.
Olivia sabía que él no le pertenecía y que nunca lo haría. Hacía mucho
tiempo atrás, poco más de un año, que lo había entendido. Nunca había podido
decirle que no.
Él era el único que sabía…
Sabía que si presionaba sus caderas ella se apretaría a él,
Sabía que si la tomaba por el cuello ella gemiría,
Sabía que si la apretaba contra él tomándola por la espalda ella se retorcería.
—¿Quieres que pare ahora? —preguntó acariciando suavemente su cuello, casi presionándolo.
Olivia gimió y lo atrajo más hacia ella.
—Puedo parar —masculló Caín dando húmedos besos en su abdomen—. Si lo
pides.
Olivia se tensó.
Él sabía que no quería que se detuviera, y sin embargo quería escucharla.
—Por favor —suplicó ella mientras él respiraba suavemente por su cuello, sin
llegar a tocarla. Olivia podía sentir su piel ardiendo, temblando.
Caín no necesito más. No importaba nada más, estaba ahí, y ella estaba
debajo de él, gimiendo y retorciéndose como hacía tantas veces.
—Me gustan los sonidos que haces cuando estoy dentro de ti —le susurró Caín.
Olivia se enganchó a él por el cuello, le mordió el labio y lo jaló hacia
ella tomándolo por completo.
Horas después, otra vez domingo y la ropa desperdigada por el pasillo. Él había
vuelto. Y ella era de él en el sentido más completo y significativo de la
palabra.
—¿Te quedaras? —susurró sin quiera parecer que lo hubiera dicho ella.
Caín le sonrió, entreabrió los labios para responder pero ella ya se había
quedado dormida abrazándole.
Era domingo, estaba anocheciendo y él no estaba allí.
La había dejado sola, en la misma cama, y en las mismas sabanas.
1 comentarios
Me gusta todo lo que he leído. Sé que soy el peor, hace tiempo me hablaste de este blog y nunca le pare hasta ahora que entre y waoooo! De verdad que está brutal lo que he leído ��. Eres muy buena es es esto. Te felicito ��
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